miércoles, 24 de agosto de 2016
Día 13: dolor ininterrumpido
Quizá desde el principio lo supe, desde el principio me lo busqué. Y yo no quiero justificarme a mí mismo, porque tampoco he sido un santo. Los días mueren con demasiada lentitud y ya no sé qué hacer con este hueco que hay en mi pecho, en el sitio donde estaba mi corazón. ¿Es mi castigo por ser malo? ¿es algo más? Pero el dolor sigue. De veras que duele, por mis venas aun fluye ese veneno que es tan empalagoso y letal. Me ahogo, me hundo. Él (el hombre de los ojos rojos) me arrastra hacia la pesadilla interminable. Hay veces que me levanto, recuerdo y me quiero morir, luego olvido, y al caer la noche, quiero morir otra vez. No sé hasta cuando más pueda aguantar. Tengo miedo de romperme hasta tal punto que cualquier cura sea imposible. Sería mejor descansar de una vez. Tú también lo has pensado, lo bonito que sería cerrar los ojos y soñar para siempre, o desvanecerse en la nada, una nada tan blanca, tan pura, tan sin ti.
domingo, 21 de agosto de 2016
Grito silencioso
Perdónenme. La culpa no es de ustedes. Es únicamente mía. Pude cambiar el mundo, pero no lo hice. Perdí la oportunidad y ya no queda ninguna más. No quiero ver mi tiempo desvanecerse en la nada, mi juventud perdida, mi vitalidad diezmada por este caos sin principio ni fin. Quise encontrar motivos. La luz del sol. El viento que sopla entre los árboles. La sonrisa de un niño. La espontaneidad de una conversación entre dos personas que se conocen desde hace mucho. De veras quiero. Pero el grito se me atora en la garganta. Si algo me queda del honor que tengo como ser humano, prefiero no acabar mis días en la total miseria. El color, el sabor, todo eso sabe a una espantosa nada. No quiero decepcionarlos, ni que vean al hijo que han criado todos estos años convertido en un parásito asqueroso. Eso sería lo peor para ustedes, y jamás me lo hubiera perdonado. Que esta sea mi última voluntad y mi última venganza contra los seres que destruyeron mi mundo.
lunes, 15 de agosto de 2016
Si tú volvieras...
Antes de conocerte todavía me quedaban esperanzas de vivir. Por qué me las has quitado. Por qué me has arrebatado todo. Era feliz en mi ceguera. Creía que el mundo era hermoso tal como lo describen las páginas de los libros. Pero no es más que una pesadilla de cables retorcidos y destellos espectrales. Yo no fui más que el chico dócil que sonría y te complacía cuando te sentías miserable, porque sabías que yo estaría allí. Te compartí cosas muy mías y las destruiste. Mi dignidad, mi orgullo, hasta mi propia inteligencia. Te vas con fantasmas de piel blanca y labios húmedos, criaturas que buscan su propio placer en rezagos de carne putrefacta y llena de larvas, pero cubiertas de perfume. Antes de ti todavía habían sueños, aunque pequeños, estaban ahí. Te desnudé mi alma. Te dejé conocer ciertos recovecos de mi mente porque andaba a tientas en la oscuridad esperando encontrar tu mano que me guiaba. Lamentablemente el telón del mundo se ha corrido y ahora las cosas caen frente a mí como realmente son. La belleza murió para mí. Las hojas de papel, que tan dulces me parecieron en mi inocencia, murieron para mí. Quizá allá lejos, en las estrellas distantes, estén los paraísos secretos que tu crueldad me los ha prohibido en esta tierra y en este tiempo.
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